Primero
Hay algo, una duda existencial, una pregunta que me
persigue y no suelta.
Incansable se presenta casi todas las mañanas, a veces
hasta se le ocurre aparecer en alguna que otra noche, extraviada.
A penas tiene la ocasión aparece en mi cabeza. Primero de
soslayo, como insegura, para después, ni bien puede, pasar a abarcar todo el
espectro de mi pensamiento.
De repente, me encuentro a mí mismo fabricando hipótesis,
tratando de hacerla menos ridícula, intentando encontrarle una explicación
lógica.
Pero no, no hay caso, no la hay.
Nunca me animo a formulársela a nadie; no por vergüenza,
o miedo a que me tilden de raro. Sino porque dudo, con toda certeza, de que
alguien pueda brindarme una respuesta satisfactoria.
El mal que me aqueja es simple, y sin embargo, de una
complejidad abrumadora.
Para sintetizar, la cuestión se resumiría a una premisa:
“¿De dónde salen esos extraños artilugios de peluche y
flecos que invaden la mayoría de los colectivos existentes en Resistencia?”
Sí, como escuchan: ¿de dónde salen esos extraños? ¿Qué
rol cumplen para la sociedad?
¿Quién los confecciona?
¿Será alguna abuela empeñada en mantener una tradición
que cree urgente y necesaria?
¿Los mandaran a hacer los colectiveros o las empresas?
¿Vienen ya prefabricados?
¿Es para así lograr, de alguna manera, hacer del gigante
transportador un espacio más ameno y hogareño?
¿Cómo se ponen de acuerdo?
¿Por qué, casi por ley, son siempre rojos o negros?
¿Responde a algún ritual? ¿A algo puramente
idiosincrático?
No parece un tema generalizado a todos los coles, y en
realidad, no le encuentro muchos parámetros.
Solamente su constante presencia, su afelpada textura.
Siempre un poco polvosa, un poco melancólica; algo alegre, pero de esas
alegrías tristonas.
Como mencioné anteriormente, no espero una respuesta, de
antemano las considero poco viables.
Tal vez me aferro a creer que no existen, para así dejar
a mis amigos peludos conservar su aire de misticismo.
Tal vez por no osar manchar, con el tiente absurdo de lo
vano y cotidiano, algo que a estas alturas ya he llegado a considerar mágico.
Por el momento acepto opiniones, sepan que obviamente
desconfiaré de ellas; pero aún mi obsesión no ha cerrado su puerta como para
dejar de cotejar alternativas.
Mientras tanto, los saluda atentamente, su querido amigo.
Observador del mundo apeluchado de los que hoy aquí nos citan.
Con amor
El Martillito Rojo.
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